Amanecer en la cima del Monte Rinjani

Monte Rinjani — La cima que nos puso a prueba

Subir el Rinjani fue una de las experiencias más duras y más bonitas de nuestra vida. Días de dolor, risas, viento, arena volcánica y una cima que te cambia por dentro. Así vivimos uno de los grandes retos de la Ruta Mochilera.

Lombok, Indonesia 3.726 m 2 días de trekking Aventura Ruta Mochilera

Cómo empezó todo

La idea de subir el Rinjani nació sin planearlo, en un hostel de Sandakan (Borneo). Allí conocimos a Alex, un viajero con el que conectamos al instante. Estuvimos hablando de Lombok y del volcán Rinjani, y entre risas dijimos: “si coincidimos allí, lo subimos juntos”.

Unas semanas más tarde, en Kuta (Lombok), nos volvimos a encontrar. Fue allí donde empezamos a hablar en serio de subir hasta la cima del Rinjani. Aun así, teníamos muchas dudas y bastante miedo: ni mi hermano ni yo estábamos en nuestra mejor forma física. Él lleva tres operaciones de rodilla, y yo me rompí el talón en Tailandia el septiembre pasado.

Hay que decir que Alex nos dio el empujón que necesitábamos. Fue entonces cuando pasó de una simple idea a una decisión: vamos a hacerlo juntos.

La llegada a Senaru: el día previo

Desde Kuta (Lombok) salimos rumbo al norte con el coche lleno de mochilas y muchas ganas de llegar. Fueron unas tres horas de trayecto entre curvas, risas y charlas que nos fueron uniendo al grupo. Con Javi y José, amigos de Alex, apenas nos conocíamos, pero durante el camino ya sabíamos que esta aventura nos iba a marcar.

Llegamos a Senaru, un pequeño pueblo de montaña rodeado de vegetación y aire fresco. Aunque desde allí no empieza el trekking al Monte Rinjani, es el punto donde muchos viajeros pasan la noche previa antes de comenzar la subida. Nos quedamos en el Golden Rinjani, un alojamiento con vistas espectaculares del volcán: desde la terraza se veía la cima perfectamente, enorme e imponente. Las habitaciones eran amplias y perfectas para descansar antes del gran día.

Grupo en Senaru con el Monte Rinjani al fondo, antes de iniciar la ruta

Esa tarde nos subieron en una pick-up hasta el punto de acceso para visitar las cascadas de Sendang Gile y Tiu Kelep. Si estás por allí, te recomiendo ir porque son realmente impresionantes. Llovía, pero poco nos importaba: cruzamos el río descalzos, empapados, riendo y disfrutando de la naturaleza que rodea el lugar. La fuerza del agua y el entorno eran una locura, una de esas experiencias que no planeas y terminan siendo de las mejores. La entrada cuesta unas 20.000 rupias (aproximadamente 1 €).

Al volver, cenamos algo local y nos fuimos a dormir con esa mezcla de nervios e ilusión. A la mañana siguiente, nos despertamos con el amanecer y el Rinjani de fondo. Un grupo de monos se acercó a la barandilla de nuestra terraza y fue un momento increíble, de esos que te hacen sonreír antes de empezar un gran día.

Mono en la barandilla al amanecer con el Monte Rinjani al fondo

Primer día de subida

Amanecimos temprano en Senaru, con los nervios a flor de piel. Después del desayuno revisamos todo el material alquilado: palos de trekking, sacos de dormir, chaquetas… de doce palos que había, no había dos iguales 😂. Cosas que solo pasan en Indonesia, pero nos reímos un montón.

Inicio del trekking al Monte Rinjani, saludando a una vaca en el sendero

Subimos a la pick-up que nos llevó hasta el punto de inicio del trekking al Monte Rinjani. Por el camino cruzamos varios pueblos pequeños y cada vez el Rinjani se veía más cerca. Ya se sentía el ambiente de montaña.

Al llegar firmamos el registro, hicimos una especie de “chequeo rápido” (unos 15.000 rupias por persona) y comenzamos el trekking. Uno de los porters no se presentó, así que Wen, nuestro guía —majísimo, siempre con una sonrisa; se le veía un corazón enorme y mucha humildad— tuvo que cargar con parte del material que debía llevar el porter. En mitad del camino se le rompió la mochila y José estuvo ayudándolo a repararla y a subir con el peso. Llevaban unos 30 kilos encima, una auténtica locura.


El sendero empieza suave, entre campos y zonas de vegetación, pero poco a poco se vuelve exigente. El calor apretaba y cada paso se sentía; terminamos empapados. Subimos hasta el Post 2, donde paramos a comer, y después retomamos la marcha hasta el campamento base.

Campamento base del Rinjani con tiendas sobre la ladera y el cráter al fondo

Llegar al campamento base del Rinjani (2.639 m) fue una locura. Había cientos de tiendas repartidas por la ladera y, frente a nosotros, se abría el cráter: enorme, con el lago al fondo. Nos quedamos en silencio mirando el paisaje, sin creérnoslo del todo. Aunque fue durísimo llegar hasta allí, habíamos completado el primer día.

Cuando cayó la noche, cenamos rápido y nos metimos en la tienda. A las dos de la madrugada tocaba levantarse para empezar la subida final a la cima. Las sensaciones eran brutales: hacía frío, soplaba el viento y la cabeza no paraba de pensar en lo que venía. Dormir en una tienda no fue lo más cómodo, pero nos quedamos fritos del cansancio que llevábamos.

La noche de la cima

Wen explicando el briefing de seguridad antes de la subida nocturna al Rinjani

A las 2:00 de la madrugada nos despertaron con un café y unas galletas. Era el momento de preparar las mochilas, ponernos el abrigo y salir con el frontal en la frente. Javi se encontraba fatal, así que empezamos la subida sin él ni Wen, que vendrían más atrás. Antes de salir, Wen nos hizo una pequeña charla explicando cómo sería la subida y nos dio instrucciones muy claras: “Nunca os desviéis a la derecha. Si necesitáis apartaros, siempre a la izquierda.” Esa frase me quedó grabada, sobre todo porque pocos meses antes una chica brasileña había fallecido tras caer por el lado derecho. Fue un caso muy sonado y nos impresionó escuchar esa historia justo antes de empezar a subir.

Subir de noche fue una experiencia surrealista. Solo veías las luces de los frontales delante de ti y, por momentos, no sabías si eran personas o estrellas. El viento y el frío pegaban con fuerza, y el suelo era pura arena volcánica: tres pasos hacia adelante, uno hacia atrás. Cada zancada costaba el doble. Era una lucha constante, una pelea contra el cuerpo, el frío y la mente. Cada pocos metros te encontrabas a gente que había decidido parar. Algunos estaban agachados detrás de rocas o pequeñas paredes, encogidos, esperando que saliera el sol o recuperando fuerzas para seguir subiendo. Esa imagen me marcó: ver a tanta gente agotada, temblando, en silencio, mientras tú seguías paso a paso hacia la cima.


Fila de luces de frontales subiendo de noche por la ladera del Monte Rinjani

El cuerpo pedía parar, pero sabíamos que si lo hacíamos no volveríamos a arrancar. Yo me repetía una y otra vez: “aguanta este dolor hasta arriba”. Alex iba contando pasos: “uno menos, uno menos”. Mi hermano, entre el cansancio y el viento, iba parando de vez en cuando para grabar algunas tomas para el vídeo. Verle subir con la cámara en la mano, buscando planos mientras todos intentábamos simplemente avanzar, fue una locura. Fue una batalla tanto mental como física, de esas que te hacen sentir vivo de verdad.

Cuando llegamos a la cima del Monte Rinjani, José ya nos esperaba. Nos abrazamos los cuatro, agotados y felices. El sol empezaba a salir, el mar se veía a lo lejos y el cráter brillaba bajo la luz dorada. Fue mágico. Uno de esos momentos que se quedan grabados para siempre y que te recuerdan por qué viajas, por qué caminas y por qué merece la pena todo el esfuerzo.

Celebrando en la cima del Monte Rinjani al amanecer, los cuatro abrazados

El descenso y la decisión

Vista de la arista del Monte Rinjani durante el descenso con el lago del cráter al fondo

Después de abrazarnos en la cima y disfrutar unos minutos del amanecer, tocaba seguir y empezar a bajar. El cuerpo ya iba al límite y cada paso hacia abajo era una prueba de resistencia. La adrenalina empezaba a caer y con ella llegaba el cansancio de verdad. A medida que el sol subía, el paisaje cambiaba de tonos dorados y mientras veíamos por dónde habíamos subido no parábamos de repetirnos: vaya locura.

Durante la bajada hablamos entre nosotros y decidimos no continuar hasta el lago ni el segundo campamento. Javi seguía sin encontrarse bien y la comida que nos quedaba era justa. Preferimos disfrutar lo vivido y volver con la sensación de haberlo conseguido, antes que forzar el cuerpo más de lo necesario.

Porters del Monte Rinjani cargando tiendas y comida con palos de bambú

Mientras bajábamos, no podía dejar de fijarme en los porters. Suben y bajan el Rinjani cargando con tiendas, sacos, comida y agua en equilibrio sobre un palo de bambú, muchos incluso en chanclas o descalzos. Sin ellos, nada de esto sería posible. Es admirable ver su fuerza, su calma y la sonrisa con la que lo hacen. Ojalá todos los que suben valoraran más su trabajo, porque lo que hacen es durísimo y merecen mucho más de lo que cobran. Gracias a ellos, cientos de mochileros y aventureros pueden vivir esta experiencia cada día.

Después de seguir bajando durante todo el día, llegar de nuevo al punto de inicio fue una mezcla de alivio y orgullo. Dolía todo, pero dentro llevábamos una sensación brutal de haberlo logrado. El Monte Rinjani nos había puesto a prueba en todos los sentidos: físico, mental y emocional. Y nos había recordado algo esencial —que las mejores vistas siempre llegan después del mayor esfuerzo. Y que lo más importante es el camino, y con quien lo caminas.

Lo que nos dejó el Rinjani

Volvimos al alojamiento destrozados, con las piernas temblando y la cabeza aún en la cima. Una ducha fría, algo de comida y caímos rendidos sin decir mucho. Era esa calma rara que queda después de vivir algo muy intenso, donde no hace falta hablar para entender lo que siente el otro.

Al día siguiente, entre agujetas y risas, empezamos a asimilar todo. Habíamos subido el Monte Rinjani, algo que hacía unas semanas ni siquiera sabíamos si podríamos hacer. Sin entreno, sin equipo perfecto, solo con ganas, cabeza y corazón. Y eso fue lo más bonito: darnos cuenta de que la fuerza no siempre está en las piernas, sino en la mente y en la gente con la que compartes el camino.

Esta subida no fue solo una montaña, fue una lección. Aprendí que muchas veces el cuerpo puede más de lo que crees, que lo importante no es llegar el primero, sino disfrutar el proceso y apoyarte en los que tienes al lado. El Rinjani me recordó que los retos más duros son los que más te transforman, y que compartirlos los hace aún más grandes.

Los cuatro compañeros de Ruta Mochilera abrazados mirando el paisaje tras el Rinjani

Si estás dudando si hacerlo, hazlo.
Prepárate, respétalo y vive una de las experiencias más intensas y bonitas que puedes vivir en Lombok. Porque allí arriba, cuando sale el sol y todo se detiene,
entiendes que no era solo una cima: era una forma de volver a creer en ti.

⚠️ Advertencia práctica (organización y pagos)

Nuestra experiencia con la intermediación no fue buena: pagos en carretera, información incompleta y comida insuficiente para los días contratados. Al parecer, el dinero no llegó íntegro a la empresa operadora y nos tocó pelear por traslados y dietas.

Recomendación Ruta Mochilera: evita intermediarios difusos, deja todo por escrito (qué incluye: comidas, agua, saco, traslados Kuta⇄Senaru/Sembalun, tasas de parque, ratio guía/porters) y paga con comprobante.

Si quieres que te avisemos cuando activemos esta aventura con guías locales verificados, déjanos tu correo aquí .

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Artículo escrito por el equipo de Ruta Mochilera · Última revisión: